Javier Videla – Fotoperiodista

Javier Videla – Fotoperiodista

Beduinos Palestinos en expulsión.

Vista de las casas pertenecientes a la tribu beduina Yahalin y el asentamiento Maale Adumim en el fondo. Jerusalem / Diciembre 2012.

Cabras descansan en una casa beduina. Jerusalem / Diciembre 2012

Familia beduina en su vivienda ubicada frente al asentamiento de Maale Adumim. Jerusalem / Diciembre 2012

Joven beduina en su vivienda frente al asentamiento de Maale Adumim. Jerusalem / Diciembre 2012

Madre y su hijo entran en su vivienda frente al asentamiento de Maale Adumim. Jerusalem / Diciembre 2012

El día en que el presidente palestino, Mahmud Abbas, consiguió por aplastante mayoría en la Asamblea General de Naciones Unidas el estatus de estado no miembro para Palestina, todo eran celebraciones en las calles. Pero menos de 24 horas después, el primer ministro israelí Benyamin Netanyahu se encargaba de hacer bajar a todo el mundo de nuevo a la realidad anunciando la aprobación de 3.000 nuevas viviendas en el bloque de asentamientos E1, que empareda la Jerusalén Este palestina y forma parte de un plan a mayor escala cuyo fin es crear una cadena de colonias desde Jerusalén hasta Jericó que parta Cisjordania por la mitad, haciendo geográficamente imposible la creación de un estado palestino basado en la resolución aprobada en la ONU.
El único obstáculo que se interpone ahora entre Netanyahu y su plan es la tribu beduina de los Yahalin, compuesta por unas 2.700 personas, cuyas casetas y cuadras de animales salpican aquí y allá el paisaje desértico a ambos lados de la autopista 1, que une Jerusalén con el Valle del Jordán. Expulsados a principios de los 50 del desierto del Negev, habitan en estas tierras desde entonces. Los beduinos escucharon con escepticismo el discurso de Abbas frente a Naciones Unidas y la posterior votación, agrupándose en las escasas jaimas con televisión conectadas a la electricidad. Y es que, mientras el resto de los palestinos se preguntaban por dónde llegaría la represalia israelí, los beduinos ya se lo veían venir. “La zona E1 conforma solo un 10% de todo el territorio donde habitan los beduinos”, señala Shlomo Leker, abogado de los Yahalin desde hace 20 años. Sin embargo, “las 3.000 nuevas casas se han construido allí y no en ningún otro sitio.” Nada, una mujer de la tribu, cuya jaima se situa en lo alto de una loma frente al asentamiento de Maale Adumim, sostiene que “vivimos en un lugar estratégico para Israel y en los últimos tiempos nos hemos enfrentado a órdenes de demolición, expulsión y a los ataques de los colonos. Ya fuimos refugiados una vez, y ahora corremos el peligro de serlo una segunda.”

EL CONTROL. El estado palestino, con estatus de no miembro, aprobado en Naciones Unidas el pasado 29 de noviembre, se basa en las fronteras de 1967 (es decir, incluye toda Gaza y toda Cisjordania) e incluye Jerusalén Este como su capital. Sin embargo, en 1995 los Tratados de Oslo dividieron el territorio palestino en distintas zonas de control: zona A, control absoluto de la Autoridad Nacional Palestina (ANP); zona B, control civil palestino y control militar israelí; y zona C: control absoluto israelí, que comprende cerca del 70% de Cisjordania. En cuanto a Jerusalén, Israel declaró en los ochenta que la ciudad era su capital única e indivisible y, sin encontrar la menor oposición por parte de la comunidad internacional, emparedó la Jerusalén Este Palestina con un cordón de asentamientos y más tarde trazó el muro de tal forma que tanto Jerusalén como las colonias quedasen del lado israelí, anexionándose de facto la totalidad de la ciudad.
Las nuevas construcciones ilegales israelíes han ido poco a poco entrando en territorio beduino palestino, calificado en su totalidad como área C, y ahora, lo primero que muchos de ellos ven por la mañana al retirar las cortinas de sus chabolas y tiendas son las tejas rojas de los chalets de Maale Adumim, el tercer asentamiento más grande de Cisjordania. Algunos también divisan las torres de las iglesias del Monte de los Olivos de Jerusalén, pero al vivir en área cisjordana C, no se les permite el acceso a la ciudad.

LA ESTRATEGIA. Según Shlomo Leker, “el plan de limpiar el área entre Jerusalén y Jericó de palestinos para llenarlo de colonias dura ya unos 20 o 30 años; ahora los únicos palestinos que quedan allí son los beduinos.” Portavoces de los clanes afirman que 237 familias, pertenecientes a las cinco comunidades de beduinos que habitan entre Jerusalén y el Valle del Jordán, llevan años enfrentándose a órdenes de demolición. Muchas casetas no están conectadas ni al agua ni a la electricidad y, al encontrarse en zona C, Israel no les permite construir nuevas viviendas.
Muchos de los hombres consiguen juntar pequeños salarios trabajando en diversas plantaciones agrícolas del Valle del Jordán. Otros, irónicamente, han terminado encontrando el empleo que mantiene a sus familias en labores de construcción o mantenimiento dependientes de los consejos municipales de asentamientos cercanos. Según Leker, 70 beduinos varones trabajan en diversas labores de limpieza y jardinería para el ayuntamiento de la colonia de Maale Adumim. “El año pasado conseguimos que los tribunales obligasen al asentamiento a pagar a los beduinos los mismos salarios que a los israelíes, porque antes les aplicaban la ley jordana.”
Los niños, hasta hace poco, debían cruzar la autopista y hacer autoestop o andar los 22 km que les separaban de la escuela palestina más cercana, en Jericó, hasta que organizaciones internacionales y de derechos humanos israelíes construyeron una en la zona con los medios más básicos. Las autoridades militares israelíes trataron de demolerla; el Tribunal Supremo israelí ha dictaminado que, de momento, la escuela debe permanecer.
“Ante las extremas condiciones que Israel impone en la zona, la mayoría de palestinos que allí habitaban acabaron yéndose. Pensaron que los beduinos se irían también, pero resistieron y se quedaron”, cuenta Leker. “Desde hace 15 años hemos podido frenar los planes israelíes más demoledores porque el gobierno no ha ofrecido una alternativa para los beduinos, algo que el Tribunal Supremo exige para poder desplazarlos. Sin embargo”, afirma, “ahora Israel quiere dar el golpe final y ha presentado uno: reinstalarlos en un área cercana a la zona A de Jericó controlada por la ANP, a lo cual los beduinos se niegan.” “Allí no podremos ni pastorear los animales ni levantar nuestras tiendas y casas, y la vida nómada desaparecerá”, asegura Nada. “Nosotros llegamos aquí hace 60 años, antes que los colonos, y aquí es donde queremos quedarnos.”
Los beduinos conforman el último obstáculo para la unión de las colonias israelíes de Jerusalén Este con las del Valle del Jordán, y la última esperanza para que el estado aprobado en la ONU el pasado 29 de noviembre sea viable y no acabe partido por la mitad. Sin embargo, muchos de ellos piensan que, de todas formas, tienen todas las de perder; los beduinos que habitan en los aledaños de Maale Adumim, una tierra cisjordana que Israel exige para sí ante la firma de cualquier tratado de paz que fije las fronteras, se preguntan escépticamente en qué parte del muro caerán, si en el palestino o en el israelí. “Ambas opciones son malas: si estamos en el lado israelí, nos acabaran expulsando porque no les gustan los beduinos; y si acabamos en el palestino, Israel nos expulsará igualmente de aquí porque quieren este territorio para ellos.” Más allá de líneas geográficas divisorias y de votaciones en la ONU, a lo que aspira la comunidad beduina es a que “nos dejen vivir tranquilos. Nosotros no hacemos daño a nadie”, recalca Nada. “Lo único que queremos es seguir con nuestra particular forma de vida, que hemos conseguido mantener durante miles de años y que ahora se encuentra, por primera vez, seriamente amenazada.” (Texto-Erika Jara).

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